martes, 25 de septiembre de 2007

Urracas. [por Andrés Ibañez]

 
Fue aquel un día aciago en mi vida. Lo recuerdo como el día más bajo de un largo descenso hacia el valle más profundo, aquel en que anidan la tristeza, la desesperación, el suicidio. Estaba yo descendiendo por la tristeza, hundido ya en los helechos de la desesperación, cuando apareció la urraca. Se posó en lo alto de una antena de la televisión, y se puso a mover la cola de arriba abajo. Luego abrió las alas, echó a volar, trazó un amplio círculo por el patio y pasó frente a mi ventana. Por un instante, como en uno de esos efectos ópticos cuando miramos las manillas de un reloj, pareció quedar inmóvil en el aire. Una urraca inmóvil en el aire. Una cruz blanca y negra en el aire.

Volví a encontrármela unos días más tarde. Caminaba yo por la calle Jorge Manrique en dirección a la Castellana, y se posó en el respaldo de un banco callejero. En esa ocasión, tuve la certeza de que me estaba mirando. A partir de entonces, solía encontrarme con ella en el curso de mis paseos.

El encuentro definitivo sucedió un domingo por la mañana, entre los castaños de Indias de la Universidad Complutense. No es esa mi universidad, y por eso sus edificios y jardines no son para mí otra cosa que edificios y jardines. Encontré a la urraca frente al edificio de Derecho, posándose con violencia en una de las barandillas metálicas.

En aquella ocasión no sólo me miró, sino que me habló también. Le pedí que me explicara cuál era mi problema. «Tu problema», replicó, «es que no te atreves a vivir. Tu problema es que no te das cuenta de que eres libre y que puedes hacer lo que quieras.» «No», repliqué yo, que ya me sentía abrumado, «quiero decir mi problema como escritor.» «Es lo mismo», replicó la urraca. «No te das cuenta de que eres libre.»

Luego me pidió que la siguiera, y echó a volar. Voló en dirección al edificio de Filología que está cuesta abajo. Descendí por un camino de tierra entre los árboles. Había un edificio nuevo, apenas terminado y que seguramente todavía no estaba en uso. Vi cómo la urraca se posaba en el alféizar de una de las ventanas del piso superior. Luego se puso a mover la cola de arriba abajo, como llamándome.

Entré en el edificio. Estaba lleno de urracas, y también de otros pájaros. Todos me saludaban y me recibían con enorme amabilidad. Pregunté por la urraca, por mi urraca. Se reían. Me decían que me olvidara de ella, que era simplemente un guía. Pregunté qué era aquel lugar. Y así me enteré de que aquella era la universidad de las urracas. Un lugar en el que raramente se admiten a los seres humanos. Habían encargado a mi urraca que me llevara hasta allí. Aquel, me explicaron, era un raro privilegio.

A partir de entonces, comencé a asistir diariamente a la universidad de las urracas. Había muchas clases y departamentos, cursos especiales, talleres, laboratorios, cursos de doctorado. En todos era admitido, y en todos se enseñaban materias fascinantes.

Materias de las que yo jamás había oído hablar. Ciencia de los sonidos distantes. Ciencia de la conciencia. Ciencia de las formas geométricas del alma. Ciencia de la conciencia de los colores. Historia y tradiciones de Lemuria. Geografía imaginal de la Atlántida. Ornitología musical. Ciencia de los abismos y los precipicios. Percepción intrasensorial. La sexualidad como arquitectura. Arquitectura, locura, sexualidad y percepción lumínica. Narratología sexo-musical. Hipnosis auténtica y plagal. Creación de fenómenos psíquicos. Ciencia del amor visible e invisible. Ciencia de las formas del mundo. Geografía de lugares vacíos. Ciencia de la alimentación psíquica.

Pasé muchos, muchos años en la universidad de las urracas. Allí aprendí casi todo lo que sé. Allí olvidé casi todo lo que había aprendido antes. Poco a poco, comencé a adquirir caracteres de urraca. Me salían plumas en los brazos y en el torso. Me creció un pico y una larga cola de plumas negras que me resultaba cada vez más difícil ocultar con la ropa.

Finalmente, aprendí a volar. Me costó muchos años de esfuerzos, pero lo logré. Y ahora vuelo a menudo sobre los tejados de Madrid. Y a veces voy hasta el patio de la casa donde vivía, me poso en una antena de televisión y veo mi ventana vacía. A veces me poso en el balcón y observo a mi mujer y a mis hijos. Mi mujer ha vuelto a casarse, y está muy distinta.

Creo que mi hijo pequeño todavía me reconoce.

7 comentarios:

Esther dijo...

¡somos libres! ¡somos libres!

Job dijo...

Al menos hasta que se demuestre lo contrario. La pena es que cada día te intentan convencer de que la libertad es una utopía imposible, valga la redundancia.

Luk Van der Vloed dijo...

Libertad
elegir

No se elige tener libertad. Se tiene libertad para elegir, incluso la libertad de elegir no ser libre.

Aunque esto es hacer de abogado del diablo, en efecto. (es mi elección)

Esther dijo...

Desde luego, lo que se dice escribiendo, debemos optar por una escritura libérrima y que, aunque parezca mentira, no usamos, unas veces por miedo , y otras (las menos), por desconocimiento. Mientras escribamos bajo el yugo del miedo a ser rechazados no seremos libres como escritores. Glup.

Anónimo dijo...

te ha faltado la hoz

Anónimo dijo...

y el martillo

:)

Libertaria dijo...

si ¿verdad? espera que creo que tengo uno por aquí. ¡Si! en el bolso llevo uno envuelto en un pañuelo rojo, qué raro ¿verdad?