miércoles, 21 de noviembre de 2007

Estatuas de Jardín

Era un hombre sabio y vivía en el jardín más hermoso del mundo pero no era un hombre feliz. Vivía en el temor constante de que alguien le atacase y destruyera el jardín que con tanto esfuerzo había cultivado.

Para evitarlo construyó un muro de piedra y se recluyó en el. Durante años vivió en una pequeña casita a orillas de un estanque, cuidando las plantas, estudiando alquimia y observando las estrellas.

Con el paso del tiempo el sabio del jardín empezó a sentirse solo y se planteaba día tras día buscar compañía. Alguna vez que intentó salir del jardín no pudo pasar de la puerta, no sabemos si por el miedo o por la costumbre, pero a los pocos metros de la entrada las piernas le temblaban, las fuerzas se desvanecían, la vista se le nublaba. Solo cuando conseguía retroceder un poco empezaba a sentirse algo mejor.

Un día sustituyó la alquimia por la escultura y en unos meses el jardín se lleno de estatuas. Blancas estatuas de mármol, grandes y pequeñas; ninfas, faunos y querubines se escondían en los rincones más hermosos; ciento de figuras de hombres y mujeres en actitudes diversas según su ubicación, algunas labraban la tierra, otras olían las flores, otras, sus favoritas con ropajes de soldados franqueaban la puerta a una distancia prudente. Perfeccionó de tal modo su arte que cuentan que un tal Miguel Ángel lloró de envidia e impotencia un día que visito el lugar años más tarde.

Aún así el hombre sabio no estaba satisfecho. Las estatuas aunque hermosas son frías

y guardan un sepulcral silencio. En resumen son aburridas.

Sin abandonar su empeño de tener compañía sustituyó la escultura por la mecánica. Con el mismo tesón de siempre diseñó y construyó marionetas accionadas por mecanismos cada vez más complejos. Programó algunas de estás marionetas para que le ayudasen en las tareas del jardín. Otras conocían las reglas del ajedrez, el go y juegos ancestrales como el backgammon. Algunas incluso eran capaces de ejecutar música en sencillos instrumentos.

Pero las marionetas aunque divertidas no eran capaz de provocar ningún estimulo intelectual ni emocional en el pobre sabio del jardín.

Así que un buen día desempolvó sus libros de alquimia y aplicando todo su saber y todo su arte fabricó la marioneta más hermosa jamás construida, le dio cuerpo de mujer y la dotó de un cerebro artificial tan perfecto como el de un ser humano. La llamó Lluvia porque como la lluvia que traen las nubes hace florecer su jardín, ella había hecho florecer cierto atisbo de esperanza en su corazón.

Y no se equivocó. Su vida cambió por completo. Por las mañanas paseaban por el jardín y le mostraba el nombre de las plantas y como había que hacer para cuidarlas. Por las tardes, en el taller, le enseñaba ciencia y literatura y por las noches, observando las estrellas le leía libros de filosofía.

Lluvia se adaptó con sutil facilidad a la vida en el jardín. Aprendió a moverse por sus rincones, reconocía cada una de las estatuas y llamaba hermanos a las demás marionetas, que nunca le contestaban por carecer de voz y modales. Llena de sorpresas, Lluvia aprendió también a cantar y a bailar sin que nadie le enseñara cómo, bajo sus cuidado las flores crecían con colores desconocidos y una nube de mariquitas la seguía allá donde fuese. Solo una nota disonante rompía la armonía de este idílico cuadro, el inexpresivo rostro de la muñeca, incapaz en principio de reflejar emoción en nada de lo que hace. Aunque el viejo alquimista no parecía darse cuenta de ello.

Un buen día ocurrió lo que tenía que ocurrir, el hombre sabio al despertar miró a Lluvia mientras esta se bañaba en estanque y descubrió que se había enamorado de ella. No era algo que hubiese buscado, el solo pretendía tener alguien con quien compartir su vida, no anhelaba el amor. Ella era tan solo una marioneta. Sabía que tan solo cambiando la programación de Lluvia ella actuaría como si estuviese enamorado de él. Pero eso no le bastaba, necesitaba que ella le amase realmente.

Para esto intentó humanizarla por todos los medios posibles.

Cierta mañana que estaban juntos observando el amanecer dando un suspiro el sabio le dijo a Lluvia -¿No es bonito este espectáculo?, ¿No es maravilloso lo que la naturaleza puede ofrecernos?-. Lluvia le respondió tras pensárselo unos minutos -Me has dado un cerebro humano con el que puedo entender ciencia y filosofía pero mis ojos son dos bolas de cristal incapaces de captar la belleza de las cosas.

El alquimista al escuchar aquello en un alarde de amor se sacó sus propios ojos y se los puso a Lluvia para que viera la autentica belleza del mundo.

Días más tarde, por la noche mientras observaban las estrellas el sabio le dijo -¿No sientes la brisa que baja de la montaña cargada de aromas y del aliento de la madre naturaleza?-. La marioneta tras meditarlo un momento le contestó -Mi cerebro me permite entender el proceso por el cual se genera el viento, pero mi piel es sintética y mi nariz un trozo de madera. Con ellas no puedo sentir lo que dices.

Desalentado por aquellas palabras el sabio buscó algo de esperanza y arrancándose la piel se la injertó a la marioneta para que sintiera la vitalidad que emanaba de la naturaleza.

Pensando que todo aquello sería suficiente el viejo alquimista se atrevió a declararle su amor abiertamente. A la manera clásica, de rodillas bajo la luz de la luna le recitó bellos poemas de amor.

Lluvia después de mirarlo detenidamente unos instantes le dijo -Mi cerebro puede entender la métrica y la rima de la poesía que acabo de escuchar. Pero mi corazón es un artilugio metálico incapaz de comprender lo que es el amor.

Completamente desesperado pero consciente de todo lo que iba a perder el pobre hombre del jardín decidió arrancarse el corazón para entregárselo al ser que amaba. Sabedor que a partir de ese día sería incapaz de amar se convenció pensando que sería capaz de vivir tan solo con los fríos recuerdos de un amor enajenado.

Cuando al final le colocó su corazón a la marioneta casi por inercia le preguntó -Y ahora, ¿me amas?- Lluvia esta vez sin pensárselo contestó -Ahora tengo un corazón de verdad pero dime ¿cómo voy a amar a alguien que a su vez es incapaz de amarme a mi?

Dicho esto la marioneta atravesó los muros que rodeaban al jardín y nunca más volvió.

Desde aquel día el hombre sabio pasa las mañanas, las tardes y las noches mirando el horizonte desde un hermoso jardín que no puede admirar, esperando alguien a quien no ama y no amará jamás.



2 comentarios:

Esther dijo...

Me encantó el cuento, ya lo sabes. La única objeción, si acaso, sería podarlo algo.

Pero es de los mejores tuyos.

Job dijo...

¿Podarlo?¿Cómo un bonsai o algo así?